|
Una de las
características más llamativas de este período es
la alta concentración, en un puñado de empresas privadas
afines al Gobierno de la gran mayoría de los negocios
energéticos.
A diferencia de lo que ocurre en
otras naciones de la región, en Argentina no es el
Estado (como en Venezuela, Bolivia y Ecuador) el que
sale a dominar y manejar el negocio de la energía, lo que
constituiría una decisión estratégica muy discutible, pero
ajustada a las reglas de juego del mundo en que vivimos.
Este nivel de concentración es particularmente perjudicial
para el país ya que, además de la suspicacia generalizada sobre la
transparencia de estas contrataciones -en general
derivada de las cláusulas limitativas en los pliegos
licitatorios- esta situación está llevando a la constitución de un
oligopolio, con fuerte reducción de la competitividad y
encarecimiento de las obras. Por norma, cuando se firman los
contratos los presupuestos originales se ven multiplicados varias veces. Muchos de los
emprendimientos parecen prácticamente determinados a
salir "con nombre y apellido" y casi no tienen
alternativas tecnológicas.
Para colmo, gran parte de las obras no son
consecuencia de una planificación responsable ni de un
orden de prioridad acorde con las necesidades del
momento que vivimos. El "tren bala", que desató una
enorme polémica, no es el único
dispendio en que incurre el Estado. Ya hemos señalado
anteriormente que de haberse corregido el esquema que se
aplica a la industria del gas, el país se hubiera ahorrado la
sangría de la importación de combustibles líquidos y
gaseosos.
En cuanto a la inversión y/o
financiación de estos emprendimientos, estos grupos
asumen no asumen el papel del inversor, casi todos estos
negocios cuentan con fondos fiduciarios del Gobierno,
respaldo mediante endeudamiento a través de la emisión
de títulos públicos y posteriormente
una operan mediante una voluminosa asignación de
subsidios por parte del erario público.
Ha trascendido que el monto de
estos subsidios se incrementó 132% en los últimos doce
meses, asegurando la operatividad de las empresas
energéticas privadas. Este año, según informes oficiales se
destinarán al sector energético $ 2547,9 millones, tres
veces más que en 2007. CAMMESA recibió $ 1227,5 millones
para financiar la compra de fueloil mientras ENARSA
destinó el subsidio a la compra del fluido para su venta
en el mercado interno. El Ente Binacional Yacyretá
recibió a su vez $ 179,5 millones.
Esta ordalía de subsidios
nos recuerdan el pasado "festival de bonos"
que nos llevó al colapso en el pasado; y tienen un
efecto concreto impulsando la inflación, que ya es
socialmente más devastadora que cualquier incremento tarifario que
pudiera imaginarse.
Desde hace tiempo, dentro del
sector no se habla de otra cosa que de ciertas acciones,
llevadas a cabo por funcionarios del Gobierno, a
las que se relaciona con la intención de promover un
cambio de manos en la titularidad de varias empresas
energéticas, en favor de determinados empresarios o
grupos de empresarios. Y los hechos parecen confirmar
estas versiones.
Las compras internacionales no han
escapado a este mecanismo de exclusividades. En lugar de
ampliar la gama de opciones mediante licitaciones
públicas internacionales, se han modificado por decreto
las normas de calidad (contenido de azufre) de los
combustible líquidos a importar, para favorecer su
adquisición a un único proveedor (PdVSA), sin importar
el daño estructural que acarrea su utilización en las
turbinas de las grandes centrales y el severo compromiso
en materia de contaminación ambiental.
Hubo sólo tres oferentes para las
cinco centrales térmicas a ciclo abierto que licitó
ENARSA, un negocio que supera los $ 4.800 millones para
instalar unos 1.695 MW de generación adicional en Buenos
Aires, Santa Fe y Córdoba. Entre los nombres de los
únicos oferentes, vuelven a repetirse los mismos a
quienes se adjudicaron las obras anteriores de
generación y transporte de energía.
Un consorcio de similar integración
se adjudicó la usina a carbón de 250 MW que se
construirá en Río Turbio, provincia de Santa Cruz, con
un presupuesto de 350 millones de dólares.
El mayor complejo hidroeléctrico
de la Patagonia, de 1700 MW de potencia instalada
"Cóndor Cliff y La Barrancosa", que demandará una
inversión cercana a los 4.000 millones de dólares
garantizado con títulos públicos, tuvo sólo dos grupos
oferentes habiendo abandonado otros cuatro que habían
manifestado interés por la obra.
Según publicó el diario Clarín, "ambos
grupos tienen llegada directa a las principales figuras
de la Casa Rosada y piensan hacer valer sus influencias
ante cualquier inconveniente que se cruce en la
licitación".
Las obras
eléctricas que por iniciativa privada se construyen
dentro del programa "Energía Plus", que se
suponía remuneraría la energía de acuerdo a sus
verdaderos costos, deben pasar por un "visado" del
Ministerio de Planificación Federal que decide a
discreción sobre los mismos y la rentabilidad o no del
proyecto.
El concepto de la democracia también se aplica a la
economía, del mismo modo que la igualdad de
oportunidades máxime cuando se trata de inversiones
públicas pagadas por todos los argentinos.
En el país ya tenemos una larga historia de favoritismos
y exclusivismos especialmente en los negocios y en el
poder. A lo largo de la historia reciente, hemos visto
cómo quienes se "envolvían en la
bandera argentina" -tintos de un discurso
nacionalista- eran los primeros en expatriar fondos
lícitos y de los otros -públicos y privados-,
constituyéndose en los empresarios ricos de empresas
pobres o fundidas y en Gobernadores mendicantes del
Estado Nacional.
Este tema no es menor. Es hora de
superar esas mentalidades cargadas de hipocresías y
soberanías falsificadas. Ya que, una
alta concentración de los negocios en manos de los
"elegidos" del poder,
discrecionalmente teledirigidos desde oficinas de
Gobierno, y un sistema político cerrado, tiene otros
nombres, pero nunca podría calificarse como democracia. |