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Las reservas
petroleras de México se agotan y el futuro energético
del país se presenta sombrío si el Gobierno no toma
medidas urgentes. En pocos años podría dejar de ser uno
de los grandes exportadores de crudo.
La Constitución hasta ahora impide la inversión privada
en el sector de hidrocarburos. Un informe elaborado por
el Gobierno sobre la situación de Petróleos Mexicanos (Pemex)
describe la grave situación del gigantesco monopolio
estatal en los siguientes términos: “México tendrá en
los próximos años un déficit de 500.000 barriles de
petróleo diarios, equivalentes a 14.000 millones de
dólares anuales menos, si no recurre a la prospección de
nuevos yacimientos a grandes profundidades de hasta
3.000 metros en aguas del golfo de México”. Para ello,
necesita tecnología punta, de la que Pemex carece y que
sí está al alcance de grandes multinacionales
extranjeras del sector, como Exxon Mobil, BP, Shell o
Repsol-YPF.
El problema es que la mayoría de mexicanos, empezando
por los políticos, rechazan la entrada de la iniciativa
privada en el sector de hidrocarburos. Privatización es
palabra maldita en México cuando se habla de la
industria petroquímica, nacionalizada en 1939 por el
general Lázaro Cárdenas. Después de dos décadas de
liberalización económica, el petróleo está considerado
como el último recurso del otrora poderoso Estado, es
decir, la joya de la corona.
La reforma del gobierno busca dar a Pemex mayor
autonomía y flexibilidad para contratar obras y
proyectos con empresas privadas. De esta manera, Pemex
podría, por ejemplo, pactar con terceros la construcción
de refinerías para disminuir la dependencia del país con
respecto a las naftas importadas y contratar proyectos
en aguas profundas del Golfo de México, donde el
gobierno asegura está el 55% de las reservas petroleras
del país.
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, se
refirió la semana pasada a Pemex como "una diosa
intocable", y propuso como alternativa a la
privatización del petróleo una asociación entre Pemex y
Petrobrás para la exploración de nuevos yacimientos
petroleros. Las alianzas de compañías petroleras
estatales con empresas privadas o públicas son moneda
común en muchos países petroleros. Menos en México, que,
junto a Corea del Norte, son las dos únicas naciones en
el mundo que tienen una Constitución que impide la
inversión privada en exploración, explotación y refino
de hidrocarburos.
El diagnóstico presentado por el Gobierno esta semana
advierte de que sin la incorporación de nuevas reservas
de petróleo, México verá reducida para el año 2021 su
plataforma de producción en medio millón de barriles
diarios. Según las proyecciones, al ritmo actual las
reservas probadas alcanzarían sólo para poco más de
nueve años, y la importación de gasolina, gas y
petroquímicos iría en aumento. "Dado el tiempo de
maduración de los proyectos en aguas profundas, los
trabajos en esta región deben iniciarse ahora para
evitar poner en riesgo la plataforma de producción del
país", recomienda el informe.
Pemex necesita el apoyo de empresas especializadas para
obtener tecnología y capitalizar un programa de
expansión, declaró la secretaria (ministra) de Energía,
Georgina Kessel, en la presentación del informe del
Gobierno. Según la ministra, los problemas de Pemex no
son sólo financieros, sino también operativos,
tecnológicos y de capacidad de ejecución. La empresa
petrolera aporta el 68% de su facturación a las arcas
del Estado. Por ello está en una posición económica
extremadamente débil.
La controversia sobre la eventual apertura de la
industria petroquímica al capital privado ha enrarecido
el ambiente previo al inminente debate parlamentario de
la reforma energética, una de las más esperadas, en la
que está en juego la imagen de los principales partidos
políticos, del Gobierno y del presidente Felipe
Calderón. La polémica está desgastando al Ejecutivo
antes de que ningún proyecto haya sido remitido al
Congreso. De momento, quien ha llevado la peor parte es
el actual secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño,
uno de los hombres más cercanos al presidente, que ha
sido acusado de tráfico de influencias cuando ocupó el
cargo de presidente de la Comisión de Energía de la
Cámara de Diputados y de alto funcionario de la
Secretaría de Energía.
El caso Mouriño y las supuestas veleidades
privatizadoras del Gobierno han sido aprovechadas por el
dirigente opositor Andrés Manuel López Obrador para
recuperar parte del protagonismo perdido tras ser
derrotado por estrecho margen en las presidenciales de
julio de 2006. En las últimas semanas, el líder del
Partido de la Revolución Democrática (PRD) ha recuperado
terreno gracias a un tema tan sensible para la opinión
pública mexicana como el petróleo, que le ha servido
para desatar una nueva ofensiva contra el Gobierno de
Felipe Calderón, al que acusa de querer privatizar el
principal recurso de México.
Al frente del llamado Movimiento Nacional de Defensa del
Petróleo, López Obrador ha convocado a sus seguidores a
participar en actos de resistencia civil, que incluirán
cortes de carreteras, para impedir una reforma
energética, que describe como golpe mortal a la
soberanía nacional.
El Consejo Coordinador Empresarial (CCE) expuso que el
paquete de iniciativas de ley en materia energética, que
este martes envió el Ejecutivo al Congreso, es una buena
señal y un paso importante para la competitividad y la
viabilidad económica del país.
Para el CCE, que preside Armando Paredes Arroyo, el
paquete presentado por el presidente Felipe Calderón al
Senado busca el fortalecimiento de la industria
petrolera nacional y garantizar la soberanía del sector.
Ahora corresponde a los integrantes del Congreso debatir
las propuestas de la reforma con un sentido estricto de
responsabilidad, basados sobre todo en el análisis
técnico y poniendo por encima de los intereses políticos
y particulares el interés nacional.
La izquierda se opone a este proyecto porque asegura que
es el primer paso para la privatización de la industria
petrolera del país, nacionalizada hace 70 años en
México, aunque el gobierno de Calderón niega esa
posibilidad.
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